¿Te parece guapa Anya Taylor-Joy?

¿Cómo de exigente, complicado y disparatado es el canon de belleza de Hollywood para que una joven de 24 años que ha trabajado como modelo, que arrasa en cine y televisión y que, a día de hoy, es considerada una de las más bellas del mundo, no quiera ver su cara en cine? 

La pregunta es sencilla: ¿Te parece guapa Anya Taylor-Joy

La respuesta parece aún más sencilla. De hecho, el 99,9% de personas responderían con un sí rotundo

Pues, sorprendentemente, en ese 0,01% que daría una negativa a la pregunta, se encuentra la propia Anya Taylor-Joy. 

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"Nunca me he visto y no creo que nunca llegue a verme guapa. No creo que sea lo suficientemente guapa para hacer películas. Suena patético y mi novio me advierte que la gente va a pensar que soy idiota por decir estas cosas, pero creo que mi aspecto es raro". 

Así se ha definido la actriz en una entrevista a The Sun que ha sorprendido e indignado al mundo. Y es que, además de por su talento, si algo ha llamado la atención de Anya Taylor-Joy desde que se diera a conocer de la mano de La Bruja, ha sido esa belleza dulce y magnética que rebosa. 

No hay más que poner el nombre de la actriz en el buscador de Twitter para ver que la admiración por su aspecto es abrumadora. Y a pesar de ello, la actriz reconoce que "no iré al cine a ver mis películas. Las veré antes. La belleza de ser tu misma es que no tienes que mirarte a la cara", confiesa en la entrevista. 

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Es más, Anya Taylor-Joy llega a admitir que tuvo un ataque de pánico durante el rodaje de Emma. "Soy la primera Emma fea y no puedo hacer eso porque la primera línea de guión en la película es: "Soy guapa, lista y rica". 

Basta con ver un fotograma de la mencionada Emma para verificar una realidad que dista mucho de la opinión que Anya Taylor-Joy tiene de ella misma. 

Fotos: Netflix e Instagram

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Se habla de esta serie documental a la que denominamos de tal modo aunque no sea exactamente un documental ni mucho menos una serie sino otra cosa, quizás no ficción basada en el diálogo (o monólogo) de una neoyorquina septuagenaria, brillante, gruñona e inteligentísima como es Fran Lebowitz.

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