Las películas que vimos en el año 2000

Han pasado veinte años y, por curiosidad, tecleamos para ver en Google qué películas fueron estrenadas en aquel 2000 que parecía inaugurar una nueva era y luego resulta que la vida siguió igual hasta que Osama Bin Laden decidió derribar las Torre Gemelas y más tarde cayó Leman Brothers y después un virus detuvo el planeta. Aquel 2000 fue un mal año para el cine. Digámoslo claramente. Ni rastro de una verdadera obra maestra. ¿O sí?

Estrenaron Gladiator y Casi famosos y El patriota y Miss Agente Especial y Planeta rojo y Los ángeles de Charlie.

Spielberg fracasó con Naúfrago y, sin embargo, la cinta es de esas que gana con el paso del tiempo y Tom Hanks está tan genial como suele, así que cada vez que la cazamos en un pase televisivo este es un título muy de revisar durante la siesta del domingo.

Luego está Traffic de Steven Soderbergh y con Benicio del Toro, Catherine Zeta-Jones, Don Cheadle. Con esta ha pasado al revés que con Naúfrago: ha envejecido mal. Tiene un punto tedioso que no confesamos en su momento pero ahora se hace evidente al repasar sus fotogramas.

Claro que también es del año 2000 un título que cuenta con adeptos como quien escribe estas líneas: La playa. Sí. La playa es una gran película y Leonardo DiCaprio está fabuloso y contiene una enseñanza moral muy interesante sobre los estragos del turismo y se da la paradoja que la playa de La playa fue arrasada por los turistas y tuvo que cerrarse al público. Y luego está esa hipnótica canción de Moby que se incluía en la banda sonora: Porcelain.

Todavía, a veces, soñamos con huir a la playa de en la que Leo DiCaprio halló el cielo y el infierno.

No sé.

¿Fue un año tan jodido el 2000 en lo cinematográfico?

Vale que tuvimos Erin Brockovich con Julia Roberts en estado de gracia pero también se exhibió en salas El bar Coyote y en el extrarradio de las ciudades españolas comenzaron a proliferar disco pubs con ese nombre.

La nueva ola del feminismo no había llegado todavía a Hollywood, lo cual también se notaba en las muy machistas comedias adolescentes de la época y, sin embargo, admitamos el placer culpable que supuso aquel 2000 ver Colega, ¿dónde está mi coche?, cuyas dosis de autoparodia y de ridiculización del macho juvenil tiene su parte buena. El par de idiotas interpretado por Ashton Kutcher y Sean William Scott resulta fascinante.

Y, bueno, también en España pudimos disfrutar de La comunidad y El bola, así que se compensaron las penalidades vividas en las salas de cine, con tanto blockbuster pésimo, 

Lars Von Trier nos regaló Bailar en la oscuridad, con Björk en su trabajo más deprimente, y tal vez tenga valor cinematográfico tan exquisita y rara pieza pero nunca dan ganas de volver a verla a no ser que tengas tendencias masoquistas.

Añadamos como joya oculta de aquel 2000 la magnífica American Psycho, adaptación de la perturbadora novela de Bret Easton Ellis, disección de la imbecilidad capitalista, y soberbia interpretación de Christian Bale. 

Y ya está. Pasó el año 2000 y ni siquiera colapsó el planeta debido al efecto 2000 del que hablaban periódicos y televisiones. No pasó nada. La vida siguió y un día, de repente, dos aviones variaron su rumbo en Nueva York e impactaron contra los edificios más altos de la ciudad. Y ahí, de verdad, comenzó el siglo XXI.

DANIEL SERRANO

ADEMÁS: ¿Por qué añoramos los 80?

 

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Más de un actor ha llegado a conseguir mejores premios como directores que como actores.

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Decir que el cine ha cambiado, desde que diera sus primeros pasos a finales del siglo XIX, es quedarse muy corto.

A lo largo de 125 años, Hollywood se ha convertido en el teatro de los sueños planetario, el lugar donde millones de personas proyectan sus anhelos y esperanzas o, sencillamente, donde se evaden de su día a día, para disfrutar de todo tipo de fábulas audiovisuales. 

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Estamos hablando de una película perturbadora que se estrenó allá por 1958 en la España franquista como filme policíaco aunque contenía mucho más. Dirigía Ladislao Vajda, huído de la Hungría comunista y acogido en nuestro país para rodar obras maestras como Marcelino Pan y Vino, Mi tío Jacinto o Un ángel pasó por Brooklyn. Ladislao Vajda lograba siempre (o casi siempre) introducir en los márgenes de sus obras un factor inquietante, que escapaba a la propaganda o censura impuestas por el franquismo.

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