La tristeza del humor

Que el humor tiene un fondo trágico no resulta ninguna novedad. Todos los grandes de la comedia lo han sabido. Lo sabe Ignatius Farray y lo expresa en sus memorias Vive como un mendigo, baila como un rey. En ese libro menciona (claro) a Richard Pryor, cuya terrible infancia y juventud cocieron a fuego lento un talento humorístico sin precedentes. Y, sin embargo, aquel cómico afroamericano de éxito, que coleccionaba éxitos de taquilla junto a Gene Wilder en la década de los 80, fue un hombre atormentado.

Célebre es su epifanía en Las Vegas, cuando en 1967 se asomó al escenario y preguntó al público (entre el que se encontraba Dean Martin) "¿Qué demonios hago aquí?". Desapareció después durante meses para reinventarse como verdadero genio del humor, dejando atrás su etapa de cuentachistes convencional.

En una de sus delirantes borracheras convenientemente aderezada de cocaína, Richard Pryor empapó su cuerpo de ron y se prendió fuego. Después salió a la calle y se puso a correr. Le ingresaron para curarle cuerpo y mente. Pero, claro, Richard Pryor tenía mucho que curar: fue niño criado en un burdel y abusado sexualmente, estuvo en el ejército y sufrió el racismo y los castigos de cárcel por indisciplina. Murió enfermo de esclerosis múltiple pero, en realidad, su corazón estaba devastado por el abuso de nicotina, alcohol y drogas.

Es la tristeza del humor y me he acordado de este elemento fundamental de la risa que es el llanto tras ver Eugenio, documental de 2018 dirigido por Javier Baig, Jordi Rovira, Òscar Moreno y disponible en Amazon Prime Video. Eugenio es una figura trágica que contaba los chistes como nadie. Eugenio era un contador de chistes que era mucho más que eso. Y una persona que, según intuímos viendo el documental, jamás supo ser feliz. 

Que el humor tiene un fondo de tristeza no resulta una novedad y está en El fin de la comedia (del ya mencionado Ignatius) y en Mira lo que has hecho de Berto Romero y ya estaba en Buster Keaton, que hizo de su rostro sin sonrisa una seña de identidad imperecedera.

También lo sabía Chaplin y por eso su Charlot de grandes zapatones muchas veces acababa sus peripecias caminando en soledad hacia el horizonte, como Lucky Luke pero sin crepúsculo ni cigarrillo humeante.

Luego hay otra risa que es la risa salvaje, reirse del débil o del diferente, Torrente y esa españolada que no cesa aunque tal vez ha cesado ahora que Santiago Segura se convirtió en supernumerario del Opus Dei que hace comedias familiares. Bienvenido sea ese viraje si nos libramos de lo torrentiano. Aunque todavía hay monologuistas que apuestan por esa risa de la brutalidad y hacen chistes procaces sobre mujeres con síndrome de Down y se justifican utilizando palabras como empoderamiento y libertad sexual. 

El monologuismo tiene mucha tela que cortar pero cuidado porque los humoristas no permiten que se critique su humorismo y te hablan de la cultura de la cancelación en un país donde al único que cancelan es a Willy Toledo o a Valtonyc, que se ha tenido que ir a Bélgica para no acabar entre rejas.

Sea como fuere, el caso es que me he acordado de la tristeza que hay en el humor viendo a Eugenio sudar al borde del colapso en sus últimos días como humorista, exhausto y enfermo de plató en plató, respirando con dificultad, agonizando entre las risas de su público. 

Es uno de los momentos trágicos de Eugenio, el documental.

Como Richard Pryor en Carretera perdida de David Lynch allá por 1997.

En silla de ruedas pero aún con el ánimo intacto, las ganas de hacer reir y tal vez tomar un último trago antes de la tumba.

Richard Pryor murió en 2005.

Eugenio murió el 11 de marzo de 2001 bailando en el restaurante y pub Oliver y Hardy de Barcelona.

Sus chistes siguen.

El humor, afortunadamente, nunca se acaba.

DANIEL SERRANO

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