Cuando el turismo era glorificado en el cine franquista

Ahora que el turismo de masas está en el ojo del huracán por su capacidad depredadora (y que, para demonizar ciertas protestas, se habla de turismofobia) resulta conveniente recordar cómo dicho fenómeno fue glorificado por el franquismo. Evidentemente, el contexto era totalmente distinto al actual y la población no percibía como molesta la llegada de extranjeros pero ahí ha quedado la propaganda que se coló en muchísimos títulos de los que rescata, a veces, Cine de barrio.

El sol de España se convirtió en al principal industria que promocionar en España a partir de los años 60 y ello se tradujo en un buen montón de películas que hacían exaltación del turismo.

Paco Martínez Soria protagonizó la cinta que colocó el eslogan perfecto en la mente del españolito de a pie: El turismo es un gran invento.

Dirigida por Pedro Lazaga y con la presencia de José Luis López Vázquez y Antonio Ozores, entre otros grandes cómicos patrios, relata esta película el empeño de un alcalde con boina calada hasta el tuétano que quiere convertir su pueblo mesetario en destino para extranjeros y que, claro, viaja a Marbella para ver cómo se hace eso.

La peripecia se resume en el consabido choque entre la España rural y atrasada y la luminosa España nueva que se está construyendo con el dinero que traen los turistas.

Y también se incluye en El turismo es un gran invento la presencia de las suecas, personajes fundamentales de la iconografía de una época donde el subdesarrollo también se notaba en el ámbito de la educación sexual.

Las suecas, ese oscuro objeto de deseo

En un sinfín de películas españolas de los 60 y 70 aparecen esas extranjeras rubias, bellas y, sobre todo, desprejuiciadas. Capaces de tomar el sol en bikini sin reparo alguno y de comportarse con una libertad que el macho ibérico (protagonizado por José Luis López Vázques o Alfredo Landa) confundía con libertinaje.

Así de bestias y machistas éramos.

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Porque, más allá del chiste, lo que se ve en muchas comedias del franquismo es una discutible apología del acoso y defensa del sobón con la mano larga. ¿Ejemplos? A decenas. Desde Operación Bikini a 40 grados a la sombra o Tres suecas para tres rodríguez pasando por El abobinable hombre de la Costa del Sol. Y un título esencial: Manolo la Nuit. El arranque de esta película es, sencillamente, una obra maestra. 

Hilarante y absolutamente autocrítico este retrato del patético ligón de playa. Y un Alfredo Landa que, aún en películas así de ínfimas, dejaba brillar su talento.

Porque, a pesar de los pesares, ese cine español franquista se salva por el hecho de que permite contemplar a intépretes tan prodigiosos como Gracita Morales, Laly Soldevilla, Juanjo Menéndez, Manolo Gómez Bur, Cassen y otros muchísimos grandes.

Torremolinos mon amour

Y luego estaba otro factor del turismo que, tal vez, gustaba menos a las autoridades franquistas pero qué se le iba a hacer: la relajación de las costumbres y el contagio de las libertades que se disfrutaban más allá de los Pirineos.

De eso habla poco el cine franquista. Prefiere el tema de las suecas.

Pero sí hay una película (extraña, atípica en el panorama de la época) que dibuja un Torremolinos contracultural, joven y abierto al mundo. Se tituló Días de viejo color, se estrenó (con poco éxito) en 1968 y supuso el estreno como director de Pedro Olea. Salía por allí un jovencísimo Aute cantando en francés.

Resulta interesante contemplar ese Torremolinos tan pop que, pronto, sería sustituido por la mera masificación.

De aquellos polvos (tal vez) estos lodos del turismo asfixiante.

El caso es que, igual que ahora desde ciertas instituciones y espacios de opinión, cuando Franco hubo un empeño en elevar a los altares el turismo como (casi) única solución al atávico atraso de España.

Por lo menos sirvió para que se hicieran algunas películas divertidas.

Con el turismo de masas actual veremos qué sale. ¿Alguna serie de la Barcelona aplastada por los segways? ¿Una película apocalíptica sobre la invasión etílica que sufre Magaluf? No sería mala idea.

DANIEL SERRANO

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