Contra el miedo como espectáculo televisivo

Yo tengo miedo y usted también así que no es necesario que los medios de comunicación nos asusten aún más. En estos días hay periodistas y medios de comunicación que hacen bien su trabajo y está toda la gentuza que aceptamos como animal de compañía en esta profesión y que va por los platós sembrando alarma y diciendo las gilipolleces que acostumbra. Lo que sucede es que ahora las gilipolleces de esos personajes tóxicos pueden tener consecuencias nefastas en la moral de un colectivo al que tendríamos que cohesionar y hacer fuerte.

Aunque estuviéramos en el peor de los escenarios, ¿qué ganaríamos con aterrorizar a la población?

Y lo de que la verdad es lo único importante y todas esas cosas me lo creería en el caso de que la verdad hubiese importado alguna vez a Eduardo Inda, cosa metafísicamente imposible. 

En los tiempos de guerra a los derrotistas y quienes propagan bulos se les aplican severísimas penas. Y sin embargo, con la que está cayendo, ahí tenemos (pongamos por caso) a la docta propagandista de la derecha que leyó el manifiesto ultra de la plaza de Colón (do you remember?) sentando doctrina sobre si el Gobierno está haciendo las cosas bien o mal.

Esta es la televisión que tenemos. Y a la que nos apuntamos a opinar en cuanto nos dejan hueco porque pagan muy bien y el oficio no está para excesos moralizantes.

Sin embargo, a veces hay que pararse y reflexionar

No se trata de pedir la instauración de la censura, como en un contexto bélico, sino de que las televisiones cumplan con su obligación moral. Pero ¿qué pude esperarse de quienes convirtieron la muerte de un niño que cayó en un agujero en espectáculo de máxima audiencia? ¿Otro periodismo es posible? Seguro que sí y quizás cuando pasen estos días terribles se produzca la necesaria corrección o, como mínimo, que carguen con su vergüenza quienes no cumplieron con su obligación.

Porque el periodismo también es contribuir al bien común. Y hay días en que, viendo la televisión, resulta evidente que los y las periodistas (y su grado inferior, tertulianía y opinadores de plató) estamos muy por debajo de toda la gente que, con su esfuerzo y su ánimo, están sosteniendo este país, sacándolo adelante en medio del pánico y el dolor cotidiano.

Los que hacen sonar música cada tarde y aplauden para insuflar optimismo al resto, quienes van a trabajar a diario cumpliendo con su obligación, sea a un supermercado o a un hospital, la gente que manda un mensaje positivo a ese contacto en WhatsApp al que hace mucho que no comunica nada, quienes todavía cuentan chistes para que no olvidemos la risa. Esa es la gente que merece la pena. 

Y también quienes ejercen un periodismo responsable, incluso aunque sea este periodismo de entretenimiento que hacemos aquí, en Zeleb, con ánimo de siempre de sumar, de que el mundo siga girando y no caigamos en la desesperanza.

Disculpen la solemnidad. Simplemente es que jamás he considerado el miedo como parte del buen periodismo. Y demasiados días veo en televisión ese miedo siendo transformado en audiencias monstruosas. Pero en estos momentos ¿qué demonios nos importan las audiencias?

Cuídense.

DANIEL SERRANO

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