The Good Fight (T3) va bien pero ¿hay tiburones en lontananza?

Confieso que las dos primeras temporadas de The Good Fight me parecieron sublimes (trepidantes, de una militancia progresista inteligentísima, irónica y tan pegada a la actualidad que provocaba asombro) así que las expectativas eran muy altas a la espera de esta tercera parte que ya emite Showtime (y aquí Movistar). ¿Se han cumplido dichas expectativas? Bueno, . En realidad sí. Pero. ¿Por qué tengo la sensación en esta temporada 3 de The Good Fight de que a cada paso acecha la posibilidad de que saltemos el tiburón y la trama perezca?

(Abro paréntesis: se denomina jumping the shark -saltar el tiburón- a un giro de guión desmesurado, que pone a prueba al espectador pero que, si funciona, puede potenciar la atención del público. Surge la expresión de la serie estadounidense Happy Days, que en 1977 hizo a uno de sus protagonistas saltar un tiburón mientras hacía esquí acuático en Miami. Los teóricos del guión y las series creen que resulta inevitable que, tras un salto del tiburón, todo vaya cuesta abajo).

El caso es que el lado conspiraonico de The Good Fight resulta tremendamente estimulante y, sobre todo, angustiosamente creíble. ¿Vamos a negar la posibilidad de que Trump utilice a su favor TODOS los resortes del Estado sin respetar regla alguna? Y, sin embargo, ¿no nos estaremos pasando, señoras y señoras guionistas?

Y luego lo de la afición por las hachas de Diane... bueno... en fin... ya... el punto de exceso es la salsa de esta ficción aunque... bah... sí, está bien.

Sea como sea, The Good Fight sigue siendo un excelente análisis de la política actual en Estados Unidos a través de las vicisitudes de un grupo de abogados de izquierdas de Chicago. Y, por cierto, quienes crean que la cosa está crispada por aquí tendrían que echar un vistazo a esta serie.

Mención especial merecen algunos de los irreverentes planteamientos políticos de The Good Fight. Por ejemplo, cuando el investigador afroamerciano del despacho de abogados hace un impecable alegato a favor del puñetazo al nazi como herramienta democrática. ¿Se atrevería alguien a firmar algo así en Europa?

Admitamos que el vitriolo antiTrump que destila esta serie no tiene parangón. Es un instrumento de lucha. Ficción militante. Y, además, excelentemente guionizada, interpretada, rodada y, sobre todo, repleta de matices.

Siempre y cuando no se salte el tiburón.

Aunque, incluso si el tiburón aparece, seguiremos disfrutando de The Good Fight. Qué caramba.

DANIEL SERRANO

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