Teoría de las dos Españas televisivas

Está la España que anhela degustar los estrenos de flamantes series que iluminarán nuestro otoño (que si Orlando Bloom y Cara Delevingne, que si The Politician en Netflix, que si el próximo documental sobre algún crimen...) y está la España que saliva ante la perspectiva de un Gran Hermano VIP en el que coincidan Anabel Pantoja, Carmen Gahona, Terelu y Leticia Sabater. O sea, la España del streaming y la España de la televisión generalista. La España de Netflix y la España de Telecinco. Luego hay un España omnívora que consume ambas cosas pero da la impresión de que, cada vez más, se abre un abismo entre dos modos de ver la tele.

Ello, claro, tiene sus efectos.

Como, por ejemplo, que las series sean ya un producto obsoleto en las cadenas generalistas. Salvo comedias de cosumo rápico tipo Aquí no hay quien viva o telenovelas como El secreto de Puente Viejo. Pero cualquier ficción con un mínimo de complejidad ya no vale para Antena 3 o Telecinco. A los datos nos remitimos. ¿Cuándo fue la última vez que las generalistas estrenaron una serie que obtuviese datos realmente buenos? Vale, The Good Doctor, que es una serie a la antigua, autoconclusiva y sencilla. Pero en cuanto la trama se alargue y se complique de capítulo en capítulo, a cualquiera le dan ganas de ver las series como hay que verlas, con atracones de episodios consecutivos.

Así es la vida.

Cambia (todo cambia) que cantaba Mercedes Sosa en ese tema que ponen al final de los mítines de Podemos.

El caso es que la brecha entre televidentes se agranda y eso no es bueno ni malo. No quiere decir que la generalista vaya a morir, tal y como algunos agoreros han pronosticado en informes que hundieron en bolsa a Mediaset y Atresmedia y otras cadenas europeas. No exageremos. La generalista quedará especializada, seguramente, en realities, talent shows, actualidad, sucesos horribles tratados de forma horrible, tertulias a gritos, etc. El espectáculo. Que puede hacerse bien o mal. Y que sigue atrayendo a numerosísimo público. La narrativa audiovisual más elaborada se hallará en Netflix, HBO, Amazon y los canales de streaming que vengan y logren hacerse un hueco. 

Pero no nos engañemos.

Que la tertulianía y los periodistas y la gente con estudios universitarios que va de güay hable todo el rato de series no quiere decir que Jorge Javier Vázquez y Belén Esteban sean fantasmas del pasado. La gente sigue, cada tarde, atendiendo al teatro de la crueldad de Sálvame y la final de Supervivientes batió récords con un 40% de audiencia. Y miren El Hormiguero, con Pablo Motos haciendo cada día (de lunes a viernes) audiencias más que sobresalientes.

Mientras tanto, la ¿élite? ve Chernobyl, Euphoria, Juego de tronos y el sinfín de ficciones de altísimo nivel que ofrece el streaming. Aunque también, ojo, tienen ustedes en Netflix o Movistar cosas como Las chicas del cable, Velvet Colección o Altamar, que hace cuatro días hubieran funcionado muy bien en Antena 3 o Telecinco. Y para esa presunta élite produce Netflix comedias con Adam Sandler y Jennifer Aniston, así que tampoco nos pongamos estupendos.

Sea como sea.

Existen, pues, las dos Españas. Sucede en todo el planeta. Lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir, tal y como escribió Gramsci. Pero es que, la mayor parte de las veces, lo viejo no muere del todo y lo nuevo acaba siendo otra cosa diferente a la que se pensaba. O lo de El gatopardo: que todo cambia para que todo siga igual. Disculpen tanta cita. 

La realidad es que la división del mundo en ganadores y perdedores de la globalización, centro y periferia, población analógica y población digital puede extenderse a publico de generalista y público de streaming. Y veremos quien gana la batalla. Porque Matteo Salvini exhibiéndose mojito en mano con sus mejores galas playeras o los chalecos amarillos colapsando furiosamente París son signos de que las élites no tienen todo tan controlado ni su opinión resulta tan mayoritaria como creen. El disenso es ver Telecinco. Por ejemplo.

DANIEL SERRANO

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Fotos. Gtres

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