Supervivientes o cómo divertirse obligando a una mujer a raparse el pelo

Es noticia televisiva de las últimas horas.  A María Jesús, una de las concursantes de Supervivientes, le cortaron el pelo al cero (en plan teniente O'Neil) a cambio de tres pollos y una tarta de chocolate. Esto sí que son Los juegos del hambre y lo demás, tonterías. Se mete a unos famosos en una playa lejana, se les obliga a sufrir malnutrición al sol del trópico y luego se les obliga a sumar humillaciones.

Eh, eh, un momentito (dirá el defensor del exitosísimo formato de Telecinco), aquí cada cual hace libremente lo que quiere, ya sea recoger barro con los pechos (prueba graciosísima que se pudo ver hace poco) o que te pique un bicho y estés una hora suplicando algún alivio frente a la cámara.

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Ya hemos dicho muchas veces que Sálvame es un teatro de la crueldad pero, en el caso de Supervivientes, se provoca la fascinación del público machacando a los concursantes hasta extremos increíbles.

De hecho, por ello una súpervillana como Sofía Suescun se ha convertido en la gran protagonista de esta edición de Supervivientes.

Se buscan valientes

Lo paradójico es que una campaña contra el bullying tan magistral como la que Mediaset ha titulado Se buscan valientes (justamente premiada -y aplaudida por los chavales en los coles-) conviva con una exaltación del bullying, el mal rollo, el acoso al prójimo y la competencia sin escrúpulos como es Supervivientes.

Pero funciona. Sí. Supervivientes está obteniendo unas fabulosas audiencias y Paolo Vasile estará feliz y contento. Sin embargo, quienes aún creen que la televisión puede ser juzgada moralmente no tienen claro que Supervivientes sea un producto aceptable.

Ojo, que tampoco somos hermanitas de la caridad.

Un poco de mala uva siempre se agradece. De hecho, sin mala uva no hay programa que pueda conducirJorge Javier Vázquez. Pero lo de rapar el pelo a una mujer. Recuerda al nazismo, a la posguerra española y el aceite de ricino que hacían beber los falangistas a las rojas, al maltrato más brutal. Vale, hemos incidido en la ley de Godwin. Pero ¿podríamos divertirnos de otro modo? Sólo levantando un poco el pie del acelerador.

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