Día de lluvia en Nueva York o la película prohibida de Woody Allen

La película número 50 de Woody Allen se estrena en Europa mientras el director sigue censurado en Estados Unidos.  Aunque, paradójicamente, esta vez la postal es muy (norte)americana. Como hizo en el pasado, Woody Allen retrata estilizadamente su querido Manhattan bajo los encantos de un tiempo caprichoso. 

Tan caprichoso como su personaje principal, Gatsby, un joven de familia aristocrática que estudia en una gran escuela de niños bien y a quien sólo le motiva en esta vida el póker y los encantos de un pasado olvidado. 

Timothée Chamalet interpreta de forma convincente a este joven romántico que reivindica pasearse bajo la lluvia sin paraguas (papel que hubiera interpretado el mismo Woody si hubiera tenido cincuenta años menos, según confesión del propio director). 

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La trama arranca con Gatsby deseoso de descubrir Nueva York a su novia. Ella proviene de la América rural, él es (cómo no) neoyorquino.

Se esfuerza con dinero e imaginación por organizar un viaje de lo más chic y romántico. Ella (Elle Fanning) es la típica rubia de falda corta y jersey rosa, ingenua estudiante que se estrena como periodista: le toca irse a Nueva York a entrevistar a un cineasta que admira. Así que, de cara a este viaje, su ilusión es igual de grande que la de su novio, aunque cada uno tiene una meta distinta.

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Y con este punto de partida, el espectador se imagina sin dificultad que este viaje de novios va a fracasar.

Y hablando de fracaso... Días de lluvia en Nueva York como comedia romántica se vuelve en seguida demasiado sencilla en cuanto a guión, a pesar de sus muchos enredos: demasiadas escenas o personajes carecen de desarrollo y resultan bastante forzados, hasta caer en el estereotipo más rotundo (la mujer que engaña a su marido guionista con su mejor amigo, el director sin fe en su trabajo, el actor de éxito muy seductor, el reencuentro inverosímil entre dos jovenes que han crecido -con una Selena Gómez que es bastante persuasiva a pesar de un papel mal escrito-).

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Como crítica a la burguesía urbana se queda a medias con este final que resulta fácil e inacabado. Y a pesar de unos diálogos con humor, a veces el espectador se aburre.

Dicho esto, el espectador nostálgico del cine de Woody Allen (y el menos nostálgico también) disfrutará de una atmósfera muy bien ambientada en una Nueva York que realza los encantos de este director: estamos cómodos y a protección de la lluvia dentro de un lujoso entorno (hoteles de alto standing y casas inmensas con vistas increíbles) dentro de un mundo conservador sin riesgo de ser revolucionado, en una ciudad ideal.  Muchísima elegancia mientras se desvanece el amor (filial, de pareja, de ideales) detrás de las ventanas. 

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La firma del director está clara gracias a este retrato meláncolico de Nueva York.

Y todo esto, a un ritmo de jazz que sí seduce el espectador.

DIANE MALHERBE

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