Caso Gabriel: el escorpión y la rana o la televisión como pozo sin fondo

La fábula es conocida. El escorpión estaba en la orilla del turbulento río y pidió a la rana que le cruzase al otro lado. La rana explicó: "No lo haré. Una vez te subas en mi lomo, me clavarás tu aguijón". A lo cual el escorpión replicó: "Eso es absurdo porque, si te clavo mi aguijón, morirás y nos hundiremos ambos y ambos pereceremos ahogados". La rana confió en el escorpión y comenzó a cruzar el río con el mortífero artrópodo encima. Todo iba bien pero, en mitad del río, en lo más convulso de la corriente, el escorpión clavó su aguijón a la rana que, mientras se hundía en las aguas, preguntó: "¿Por qué lo has hecho? Ahora moriremos los dos". Y el escorpión respondió: "No lo puedo evitar, está en mi naturaleza".

El periodismo de sucesos en televisión es como el escorpión de la fábula. No puede evitar clavar su aguijón en lo más hondo y estos días con el caso Gabriel ha vuelto a inmolarse en una ceremonia de confusión, horror y demagogia que ha recordado aquel traumático asesinato en Alcàsser que tanto espantó a los telespectadores hace muchos años.

Primero fue la presencia permanente ante los focos de unos padres destrozados por la pérdida a los que nadie aconsejó resguardarse. Después, la profusión de informaciones dudosas (cuando no bulos). Más tarde, llegó el terrible hallazgo del cadáver de Gabriel y la retransmisión en directo, esa misma tarde, de cómo una turba de niños y adolescentes pedían pena de muerte para la detenida.

Y las lágrimas de los reporteros y las fotografías repetidas de la presunta culpable y el crío y las especulaciones de todo tipo.

Es como si los periodistas sufriéramos una especie de síndrome de Tourette que nos hiciera imposible todo tipo de contención.

Y creo que, sí, se puede hacer información de sucesos en televisión con decencia y conozco a compañeras y compañeros que así lo han hecho pero esta vez, la verdad, son minoría.

Se ha repetido, como si no hubiéramos aprendido nada, aquella noche espantosa en la que Nieves Herrero, en "riguroso directo", comunicó a las familias de las niñas de Alcàsser que habían aparecido sus cadáveres y dejó a la masa lógicamente consternada, enfurecida y con legítimos deseos de venganza el control del discurso ante las cámaras.

Pero, tal vez, no haya remedio. Como el escorpión. "Somos así, está en nuestra naturaleza" explicamos mientras nos hundimos en lo más hondo del tumultuoso río.

DANIEL SERRANO

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Comparecía José María Aznar en el Congreso de los Diputados dentro de la comisión que trata la financiación irregular del PP y Gabriel Rufián acudió como interrogador luciendo una camiseta con un mensaje explícito. Recordaba la camiseta de Rufián a José Couso, cámara de Telecinco asesinado en Irak por el ejército estadounidense. Sucedió cuando cubría una guerra que Aznar, en contra de la inmensa mayoría de la opinión pública española (e, incluso, de su propios ministros), apoyó con aspavientos, pies encima de la mesa y reuniones en las Azores.

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Tal vez recuerde alguna lectora o algún lector (lo recordarán) que Jiménez Losantos hizo un llamamiento en su radio a poner bombas en cervecerías de Baviera y a tomar de rehenes a los alemanes que veranean en Mallorca como represalia a la negativa de la justicia alemana de no entregar a Puigdemont.

Las cosas de don Federico.

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