Así fue ver 'Los Goonies' en los 80

Ahora que Los Goonies vuelve a ser exhibida en salas de cine quiero dar testimonio de cómo fue ver esa película cuando, allá por 1985, se estrenó en España. Por si a alguien que no estuviera allí le interesa. O por si les apetece ejercer el derecho a la nostalgia a quienes estuvieron allí y vivieron aquel 1985 con un PSOE rampante que acababa de ganar por mayoría absolutísima las elecciones en una España que se debatía entre la modernización y la abundante presencia de los yonquis en los barrios.

El caso es que la chavalería acudía al cine presta a deglutir todo producto de la factoría Spielbeg que se estrenase, fuera Indiana Jones o Regreso al futuro, que también es de 1985, fíjate.

Con que mi tía Martina nos llevó al cine (a mis hermanos y a mí) y vimos Los Goonies y salimos muy satisfechos aunque quizás nos gustó más en posteriores revisiones, seamos sinceros.

En su momento:

1) Llamó nuestra la atención la cantidad de tacos que soltaban los protagonistas de la peli (y que hizo exclamar a mi tía Martina desde el patio de butacas: "Qué boca tienen estos niños")

2) Nos moló bastante la música (con tema de Cindy Lauper incluído).

3) Inspiró nuestras ensoñaciones aquel paisaje tan de clase media feliz en el que se desarrollaba la trama. Astoria, un pueblecito costero de Estados Unidos. Tan limpio y tan diferente a nuestra Vallecas natal, donde ni había acantilados así ni las calles estaban limpias del todo, aunque Tierno Galván hacía lo que podía y por lo menos se había inventado parques encima de los descampados.

Naturalmente, caímos fulminantemente enamorados de las chicas y chicos mayores, y resultaba perfecta esa mezcla de preadolescentes casi niños y adolescentes plenos y una cierta tensión sexual zigzagueando por todo el grupo.

La adolescencia está bien descrita en Los Goonies.

Ciertos anhelos, me refiero. 

Esa sensación de pérdida. 

Esa familia que tiene que irse del pueblo y el miedo a lo que viene después, el temor a ese viaje hacia lo desconocido. Que es la pubertad.

En fin, más allá de lirismos, nos gustó Los Goonies pero no salimos tan afectados como cuando vimos por primera vez La guerra de las galaxias o En busca del arca perdida. Esas sí fueron experiencias iniciáticas tremendas. Fundacionales.

Y. sin embargo, según iban pasando los años, volviamos a Los Goonies y nos ganaba la melancolía y la peli, dirigida por el mismo Richard Donner que hizo volar a Superman, ganaba enteros.

Se convirtió en fenómeno de culto.

Algunas calles y barrios y ciudades de España comenzaron a parecerse al paisaje de Los Goonies, y la gente vivía en chalés adosados y urbanizaciones con piscina y hasta se podía ir en bicicleta a comprar el pan. Pero sólo algunas calles y barrios y ciudades. En otros lugares el panorama había cambiado menos.

El caso es que Los Goonies no resultó, en su estreno, una película que nos impactara tantísimo. A mi tía Martina ni siquiera le gustó. 

Pero pasaron los años y ahora miramos Los Goonies y se antoja el último verano de nuestra juventud o, mejor dicho, de nuestra adolesencia. Ese momento en que ir al cine resultaba verdaderamente un acontecimiento y Spielberg nos contaba su infancia a través de las infancias aventureras de chicos que viajaban en el tiempo, se perdían en grutas, peleaban contra demoníacos peluches. Aquellos maravillosos años. Eso es lo que captura Los Goonies ahora que volvemos a ver la película y a respirar el aire con bruma de Astoria.

DANIEL SERRANO

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