Aquellos locos 70: cómo mezclar erotismo y esvásticas y triunfar en taquilla

Aunque parezca mentira hubo tiempos en que lo políticamente correcto ni existía como concepto ni se le esperaba. Así que lo de mezclar el horror nazi con el erotismo se consentía e, incluso, llegó a convertirse en un exitazo de taquilla.

Comenzó con películas bastante serias donde la cosa iba de traumas, reflexiones profundas y tránsito por territorios sombríos. Nos referimos, claro, a El portero de noche, la película que encumbró en 1974 a Charlotte Rampling.

Imagen icónica donde las haya es Charlotte Rampling con gorra de las SS, tirantes y pechos descubiertos. Dirigía la cinta una mujer, Liliana Cavani, y se pretendía explorar la fina línea que separa (en teoría) el deseo del odio. Deseo y odio entre un oficial nazi y una de sus reclusas, a quien reencuentra en la Viena de los años 50.

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La crítica no se pone de acuerdo. Hay quien aborrece esta película y quien le saca algún mérito artístico.

Pero no fue el único ejemplo de cine de prestigio con lo erótico de por medio y el nazismo ahí presente: La caída de los dioses de Luchino Visconti también tiene ese aire corrompido de fotografía obscena. Aunque, palabras mayores, hablamos de Visconti.

Lo que vino después, obviamente, no estaría a la altura.

Chicas desnudas y nazis

El portero de noche supuso un inmenso (y polémico) triunfo. Recaudó grandes sumas de dinero y hubo espabilados que vieron ahí un filón. Surgió, de este modo, lo que se denominaría Nazi Explotation con títulos como Love Camp 7, que usaba el horror de los campos de concentración como inconcebible pretexto argumental para mostrar mujeres desnudas y violencia morbosa.

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Cine basura que tendría su exitosa continuación en Ilsa, la loba de las SS, cuya protagonista iría mutando de sádica nazi a (por ejemplo) carcelera comunista de un gulag y guardiana malísima de un harén durante sucesivas entregas.

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Los italianos produjeron en los 70 y 80 ingentes cantidades de subproductos fílmicos de esta especie y la banalización del nazismo no suponía para su industria problema moral alguno. 

Tinto Brass, con su mirada de viejo verde, dirigió Salon Kitty, sobre un prostíbulo en el que las jóvenes arias se entregaban al III Reich.

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Fueron decenas las películas que abordaron el nazismo desde una perspectiva erótica (y manifiestamente machista) con ánimo de morbo y resultados artísticamente deplorables. Los títulos hablan por sí solos: Las noches rojas de la Gestapo o La última orgía de la Gestapo pueden servir de (in)dignos ejemplos.

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Vistas ahora todas esas películas queda su lado bizarro y pasado de rosca que, tal vez, salva algún momento de la quema. O sea, que están (en su mayoría) tan mal hechas que hasta dan risa. Naturalmente, este subgénero tiene a Quentin Tarantino entre sus devotos. Toda serie Z le fascina.

Eso sí, los tiempos han cambiado y ya (afortunadamente) no se soporta que algo tan serio como el nazismo sea excusa para que desfilen mujeres desnudas mientras unos imbéciles de uniforme simulan azotarlas. 

Sea como sea, exitió este subgénero y nada de lo cinematográficamente humano nos es ajeno.

Aprendamos de la historia del cine para no repetirla. O para hacerlo mucho mejor.

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Lo dice el periodista Rocco Steinhäuser, colaborador de Cazamariposas (Divinity), asegurando que la llamada de María Teresa Campos al presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, se produjo tras la victoria en la urnas del PSOE en el pasado mes de abril. Una llamada privada que, ahora, salta a la luz en el programa de Mediaset donde aseguran que, la que fuera reina de las mañanas en Telecinco, estaría buscando trabajo.

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