Aquellos 90 que fueron la calma antes de esta tempestad

En Friends no existían los problemas raciales ni la discriminación por ser mujer y lo gay tampoco resultaba problemático siempre y cuando se redujese a un buen motivo de chiste.  El mundo era un lugar plácido donde sentarse a esperar el futuro. En los años 90 el día de mañana iba a ser inevitablemente mejor. No tenían duda acerca de ello las chicas y chicos de Sensación de vivir en su soleado instituto californiano. Y las protagonistas de Sexo en Nueva York estaban absolutamente seguras de vivir en el mejor de los mundos y la única preocupación (recordémoslo) consistía en pisar fuerte sobre los altísimos tacones de unos manolos por las calles de Manhattan.

La ficción televisiva de los 90 era reflejo de una realidad que, si eras adolescente en aquella década, podía llegar a resultarte aburrida. En España eran los tiempos del bipartidismo perfecto, la calma chicha, Médico de familia y Farmacia de guardia, un país que creía enriquecerse a base de construir urbanizaciones con piscina, no hay marcha en Nueva York, cantaba Mecano, pero aquí todo el mundo se iba algún fin de semana a subir al Empire State hay ofertas buenísimas en Rumbo.

No obstante (no obstante) hubo un subterráneo malestar en los 90 que se expresaba en la lluvia de Seattle que sonaba en las canciones de Nirvana y en las primeras batallas del movimiento antiglobalización. Y Tracy Chapman anticipaba los disturbios que vendrían: "Don't you know/ They're talkin'bout a revolution/ It's sounds like a whisper".

Pero la revolución no llegaba y nos íbamos a la ruta del bakalao o, si vivías en Madrid y practicabas el crapulismo extremo, a la discoteca Attica, donde ver amanecer escuchando el rumor de los coches en la carretera de Barcelona.

No digas que fue un sueño, tituló Terenci Moix.

Pues no. 

Resulta que después de aquellos años dorados llegó la crisis económica y después el cataclismo de la pandemia y, de nuevo, la crisis económica y la amenaza totalitaria y antes el 15-M y después la respuesta reaccionaria y populista que porta utensilios de cocina pero también, a veces, pistola. 

La ficción se fue volviendo negrísima: de El cuento de la criada a The Walking Dead pasando por Black Mirror. Y la distopía se hizo realidad.

En los 90 jugábamos a tener miedo mirando Expediente X pero, en realidad, se trataba de un ejercicio de voluntad: creer en los monstruos, los extraterrestres, el hombre lobo. I want to believe.

El problema es que ahora los monstruos están aquí.

Y el fin del mundo ha acontecido.

Aunque hemos vuelto a reiniciarnos y quizá tengamos por delante unos locos años 20.

¿Qué contarán las series de los 20 de este siglo XX?

Seguramente la rabia que en las calles encuentra su sitio y el miedo y la ausencia de algo sólido a lo que asirse.

Volver a Friends. Ser todos blancos, heterosexuales, clase media, felices.

La edad de la inocencia.

Aquellos ¿maravillosos? 90.

DANIEL SERRANO

 

 

 

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Ser uno de los directores y productores ejecutivos de una de las mejores comedias del siglo XXI, Curb your enthusiasm, para que todo el mundo te acabe recordando como un maldito meme. 

Es triste, ¿verdad?

Pues es lo que le pasa a Robert B. Weide desde 2015. Ahora, en los últimos meses, su nombre y la sintonía que todo el mundo asocia con solo leer o escuchar su nombre, se ha multiplicado en Twitter. Y es que en la red se usa ese meme para cerrar vídeos vergonzantes o inesperados. 

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La fiebre del cambio de hombre a mujer o de mujer a hombre o cómo se quiera continúa por obra y gracia de FaceApp, esa aplicación que nos hizo vernos en la senectud y ahora da la vuelta a nuestra apariencia de nuevo. Y Star Trek ha entrado en juego. Lo cual siempre resulta gratificante.

Ha sido William Shatner, el celebérrimo capitán Kirk, quien ha jugado.

¿Y si se hubiera tratado de una capitana?

Pues así hubiera lucido.

Ale hop.

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Vale, muy bien, vivimos la Edad de Oro de las series y bla bla bla pero la televisión no se inventó con Los Soprano y The Wire. Ni siquiera con Juego de tronos.

Hubo vida antes de todo eso y hubo series, queridos millennials, que mantenían a vuestros abuelos, padres y tíos mayores pegados al televisor semana tras semana.

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