A favor y en contra de Un monstruo viene a verme (la polémica)

Polemicemos sobre el éxito de taquilla de la temporada. Sí, Un monstruo viene a verme cuenta con el beneplácito del público y parte de la crítica pero existe la disidencia.

Abramos el debate acerca de esta película de J. Bayona, director que (según sus partidarios) es el Spielberg español y hasta va a ganar todos los Óscar en la próxima gala de la Academia.

He aquí dos opiniones acerca de esta película: a favor primero, en contra después.

(Lean y después vayan a ver la película para juzgarla).

Una película (muy) bonita

Un monstruo viene a verme es una bonita historia triste. Quien quiera buscar profundidad en el mensaje, quien pretenda ver en esta cinta la sublimación de la narrativa hecha cine se va a equivocar. Ni da eso, ni tampoco J.A. Bayona pretende buscarlo. 

Al cineasta catalán algunos le han acusado, con frecuencia, de usar fuegos de artificios, de buscar la sensiblería como fin último, de apostar por la lágrima en pro del logro comercial. Como si vender entradas fuera la negación del séptimo arte, como si hacer llorar no fuera tan válido como hacer reír. 

Un monstruo viene a verme te puede hacer llorar porque la historia en sí es triste, porque es difícil afrontar la pérdida, porque lo es aún más cuando aún se es un niño, pero ya no se es. 

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Bayona no se recrea en exceso en la parte lacrimógena, más allá de alguna escena ineludible. Su filme es una forma diferente de contar una enfermedad, de narrar cómo alguien transita del momento de la negación a la aceptación. 

Hay que agradecer al director que en esta ocasión, a diferencia de lo hecho en Lo Imposible, no busque el drama por el drama, no de pie a escenas que resulten forzadas y ridículas. 

De hecho, gracias a su narrativa consigue plasmar la imaginación de un chico de 12 años, consigue que el espectador se adentre en los sueños del niño, que los tome como propios. Aunque a veces el monstruo no sea lo mejor del filme. 

Ese viaje onírico le lleva a Connor O'Malley a encontrar la verdad que ha eludido. Una verdad que, de nuevo en el cine de Bayona, tiene que ver con la relación madre-hijo(s). Aunque en esta ocasión es él quien lleva todo el peso de la trama.

En una formidable interpretación Lewis MacDougall lo copa casi todo. Junto a él, y gracias a él, el público ríe, grita, lucha y llora. Quizás ya por su sola presencia merezca la pena ver la película. Una cinta excesiva, bonita y que tal vez podría haber sido más, aunque no por ello deje de conmover. 

José Benavides

Lo que pudo haber sido y no fue

Es una película técnicamente perfecta, la actuación de sus protagonistas es impecable y la voz de Liam Neeson inunda la pantalla convirtiéndose en uno de los grandes narradores del cine. Pero más allá de todos estos argumentos (que, es innegable, han convencido a una gran parte de la crítica y ya la han convertido en un éxito en taquillas) también tiene cabida la controversia. Porque sí, no cabe duda de que buscar la lágrima del espectador es tan válido como lo es intentar hacer reir en una película, pero el problema surge en el momento en el que todos (absolutamente todos) los elementos de la película se colocan con es fin.

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Desde el planteamiento de la trama, todo está destinado a convertir la historia en un gran drama. Un niño cuya vida parece a punto de desmoronarse debido a la enfermedad de su madre, a su difícil relación con su abuela y a un padre más bien ausente. Y, por si su situación no fuese ya lo suficientemente complicada, Connor además subre bullying en el colegio.

Y, si bien todos estos detalles no son obra de J.A. Bayona, sino de la novela original de Patrick Ness, sí corre a su cuenta la (para algunos) desafortunada forma de llevarlo a la pantalla.

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Si el libro consigue realizar un viaje más o menos profundo hacia la aceptación de la tragedia y los conflictos internos del ser humano, la película no pasa de un mero relato más bien superficial de los sentimientos del chico.

Con un guión algo pobre y una fusión entre lo mágico y lo terrenal que no termina de encajar del todo, Un monstruo viene a verme consigue su propósito: en sus momentos álgidos probablemente toda la sala acabe llorando a moco tendido, y termine por olvidar la indiferente lentitud con la que transcurre el resto del relato. 

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Un resultado bastante decepcionante para una película cuya puesta en escena no podía ser más espectacular (desde los efectos especiales hasta la estética del relato, todo es visualmente perfecto), pero cuya campaña de márketing probablemente le ha terminado haciéndo más mal que bien. Anunciarse a bombo y platillo puede ser la opción perfecta para vender entradas (de hecho, así ha sido), pero también para generar unas expectativas que, finalmente, no se cumplen.

Porque para muchos, lo que prometía ser la película del año, no ha acabado siendo más que la decepción del año.

Carmen Carvajal

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