A favor (y en contra) de Tarantino

Sólo un jodido genio puede inaugurar su filmografía con una obra como Reservoir Dogs, impactante reescritura de los códigos del noir, el cine de atracos, la ultraviolencia fílmica y los diálogos de paródica teatralidad propios de la serie B. Todo ello, en un turmix desquiciado, es el estilo Tarantino. Un permanente homenaje al cine de videoclub, a esa época del VHS en la que el buen aficionado lo mismo se veía El silencio de un hombre con Alain Delon como samurai moderno y con sombrero borsalino que los western operísticos que se rodaban en Almería durante los años 70.

Tarantino es un superdotado para el cine aunque, por otro lado, resulta moralmente inquietante su uso de la violencia y ya dijo Antonio Muñoz Molina que a él no le hacían gracia los chistes de matar o torturar gente.

Lo cual (ejem) es un poco verdad. La primera vez que vi Pulp Fiction me perturbó el que dos de los protagonistas mataran a un personaje extremadamente joven mediante un disparo accidental y ello fuera la excusa jocosa para que irrumpiera el Señor Lobo.  Es un peli, lo sé, pero la crueldad no acaba de convencerme como forma de ironía. Me sucedió igual en Los odiosos ocho, cuyos detalles sádicos acabaron repugnándome. Hace mucho que dejé el gore así que mi estómago se ha reblandecido.

¿Y sobre la violencia contra las mujeres? ¿Qué ha aportado Tarantino? ¿Es, como alertó un columnista de The Guardian, un ariete del heteropatriarcado rampante? Bueno. No tanto (me parece). Tarantino es un director de películas masculinas (salvo Jackie Brown) y su sadismo se ejerce por igual y sin distinción de géneros. ¿Machista? No más que el resto de la industria y peor es Pretty Woman y la siguen poniendo todas las sobremesas de los domingos a la que te descuidas.

Puede hacérsele la crítica pertinente desde el feminismo, por supuesto, pero el problema con Tarantino residen en otro extremo. El problema, claro, es si asumes la violencia que utiliza alegremente como parte del juego o te espanta. En mi caso, ha sucedido de ambas maneras a lo largo de su filmografía.

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E incluyo en su filmografía la fabulosa Amor a quemarropa, dirigida por Ridley Scott pero con un guión de Tarantino que, supongo, se estudiará en las escuelas de guionistas porque es magnífico.

A Tarantino no es que le ames o le odies sino que le amas y le odias. Al menos por mi parte. Porque, al margen de las cuestiones morales, está su inmensa capacidad para generar secuencias imborrables, de una altura cinematográfica enorme, fotografiadas y coreografiadas con talento mayúsculo, dialogadas (cuando los diálogos aciertan) con el músculo de un literato que escribe de oído, haciendo variaciones de todo el cine buen y malo que ha almacenado en su cerebro.

Y algo más a su favor.

Tarantino es quizás el último director cuyos estrenos suscitan en la masa cinéfila la emoción de los grandes acontecimientos. Contamos los días para ver su película. Queremos disfrutarla o padecerla cuanto antes. Porque todavía recordamos cuando, allá por 1992, salimos de los madrileños cines Alphaville, en la calle Martín de los Heros, absolutamente en shock tras el descubrimiento de una anomalía genial procedente de Hollywood. Acababamos de ver Reservoir Dogs. Uno de esos momentos que recuerdas para siempre. Como cuando descubrimos Terciopelo azul o Átame de Almodóvar. La vida era diferente al salilr de la sala de cine. Otros tiempos. 

DANIEL SERRANO

ADEMÁS: Tarantino pone número a la que será la última película de su carrera

Fotos: Gtres

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