Tres mujeres y un milagro: La Pilarcita en el teatro Lara

La Pilarcita

El patio de un humilde hostal en un pueblo perdido de Extremadura. Una mesa de mimbre, un tendedero y en el centro de todo una imagen de La Pilarcita, la santa del pueblo a la que acuden sus habitantes en fiestas para pedir milagros.

Asistimos a la representación de La Pilarcita, obra de Chema Tena producida por Guillermo Piñeiro, responsable también de La llamada.

Los espectadores disponen de un espacio bastante escueto para acomodarse en sillas rígidas al mismo nivel que los intérpretes. Nada de butacas con posavasos y un escenario elevado. La aparente incomodidad acaba siendo una ventaja porque permite sentir la respiración de las actrices y sumergirse con ellas en este retrato de la España más profunda. 

El hostal es de Lucía (Júlia Molins), una joven estudiante de medicina que pese a ir a la universidad y tener posibilidades de salir del pueblo, está cargada de prejuicios y miedos propios de la época. Es recatada, tímida e insegura, lo que hace parecer que no tiene muchas inquietudes. Todo lo contrario a su amiga Luisa (Carla Díaz), quien pese a no tener las oportunidades que tiene Lucía, no le teme a soñar sin límites. Luisa ayuda a Lucía en las fiestas patronales a gestionar el hostal mientras que su amiga estudia, aunque su prioridad es terminar de tejer el traje que lucirá en las fiestas de su patrona Pilarcita. 

Una mañana llegan de Madrid Selva (Marieta Orozco) y su pareja, con el único propósito que tienen todos aquellos que se acercan a ese remoto pueblo: pedir un milagro. En este caso, que la innombrable e invisible pareja de Selva se cure (¿de qué?). A Selva se le hace difícil acomodarse en el hostal, pues carece de los privilegios a los que está acostumbrada y, para ella, hospedarse allí no es más que un sacrificio. Sacrificio también para las encargadas del hostal, que necesitan entrenar su paciencia para soportar los despropósitos y desplantes que la huesped les hace constantemente. En escena vemos como lidian dos mundos totalmente opuestos: la ingenuidad y desconocimiento de Luisa y Lucía, pueblerinas que no han visto más allá de las fronteras de su barrio, con el carácter urbanita de Selva. Vemos ante nuestros ojos cómo colisiona una misma época con diferentes civilizaciones. 

La obra transcurre acompañada de las canciones a la guitarra interpretadas por Álex de Lucas, que lejos de ser una música de fondo para amenizar, contienen letras fundamentales para comprender el contenido de la escena o acentuar la emoción, hasta tal punto que en alguna ocasión los espectadores tienen que sacar un pañuelo de su bolsillo. 

Pese a no gozar de un amplio vocabulario y una labia suficiente para poder conectar con Selva, las jóvenes Luisa y Lucía terminan por establecer una relación especial con ella. Las horas perdidas en el hostal mientras que unas tejen y estudian y otra elucubra sobre su vida y quehaceres en la capital dan su fruto: confianza, lucha y esperanza. 

La risa y la emoción acaban fusionándose. Al fin y al cabo son tres mujeres que tienen más cosas en común de lo que imaginaban. Aunque una venga de la gran ciudad y otras vivan en un pequeño pueblo, las tres están igual de perdidas y encuentran con quien menos pensaban y donde menos creían la respuesta a todos sus interrogantes. 

Una obra que emociona

Aunque sea una obra que carece de la espectacularidad que, por ejemplo, tiene un musical de la Gran Vía madrileña, no le falta en absoluto magia. Es fácil que nos haga reír a aquellos que (como quien escribe estas líneas) venimos de pequeños pueblos. Entendemos perfectamente las actuaciones y pensamientos de Luisa y Lucía. Del mismo modo que empatizamos con Selva, sus gestos, sus comentarios y sus caras que demuestran su sorpresa ante semejante choque de culturas. Pero, vengas de donde vengas, es una obra que emociona, que te llega.

La interpretación de las tres es brillante. Especialmente la de Luisa (Carla Díaz), que consigue que el espectador experimente diferentes sentimientos a lo largo de la obra y ya nada vuelva a ser como el principio. Las tres mujeres logran que cambiemos de pareceres y primeras impresiones y que hagamos junto a ellas un trayecto en el que, finalmente, se demuestra que nadie es tan diferente de nadie como pensamos.

MARINA CARTAGENA

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