Momentos leopardo

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Hay estampados que no dan lugar a equívocos. Y luego está el leopardo; que es mucho más divertido. Porque lo que de verdad hace interesante a un print reside en su capacidad para provocar desconcierto. En la ambigüedad que lo acompaña. 

En el caso del leopardo, animal salvaje por excelencia, la confusión viene incluida en el pack. ¿El motivo? Que no tiene una sola interpretación estilística; sino muchas diferentes. O, dicho de otro modo, que lo mismo se lo pone una señora (de bien) que un moderno desubicado y él ahí sigue, en su sitio, sin perder la esencia. Siendo el mismo de siempre.

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Por esta razón, no vamos a decir que el leopardo se adapta a cualquier estilo sino que cualquier estilo, si le apetece, puede adaptarse a él. De manera libre y voluntaria. Democráticamente. Sin reglas. He ahí su importancia como elemento de moda.

A veces elegante, a veces hortera, este print que tanto nos gusta ha estado presente en todas las décadas pasadas recientes. Pero también mucho más atrás; en su versión pelo. De hecho, aparece por primera vez en el Arte Ruprestre (no hay que olvidar que las primeras ropas del hombre se confeccionaban con las pieles de los animales que cazaban). Más tarde, durante la época del Antiguo Egipto, se popularizó entre las clases más pudientes. Los caciques de las tribus de África lucían igualmente leopardo. Y, ya en la Edad Media, los reyes y nobles europeos utilizaban vestidos y mantos de leopardo para mostrar su riqueza.

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Fue en los primeros años del cine cuando el leopardo se convirtió en un verdadero hit fashionista, apto para todos los públicos. Porque ya no hacía falta matar al animal para lucir leopardo: bastaba con estampar una tela cualquiera. En los 60, con la llegada del Prêt-à-porter, la leoparmanía fue en aumento. Y así hasta llegar a nuestros días. Pasando por un período de oro en los 80.

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Fotos: Cordon Press