Le Grand Tour: cuando los viajes eran verdaderamente grandes

Para Laurence Sterne (1713-1768), autor de Viaje sentimental por Francia e Italia, no todos los viajeros son iguales. Así lo afirma en el prefacio de su libro; un prólogo que no se encuentra al comienzo sino que prefiere recorrer las páginas por su cuenta, como si de un viaje en sí se tratase, donde el escritor divide a los viajeros en varias categorías de creación propia. El del tipo sentimental, protagonista de su novela, con el que se identifica y al que elogia, es el que recorre el globo por el solo y mero placer de hacerlo. 

Hoy, esta obra literaria escrita en forma de diario se considera todo un referente del género que inició. También es vista como una apasionante manera de descubrir el espíritu del Grand Tour, el viaje de descubrimiento y aprendizaje que emprendían los jóvenes ingleses de los siglos XVIII y XIX para entrar en contacto con Europa, con su arte y con su alta sociedad y gracias al cual, al final, con quienes acababan conectando de verdad era con ellos mismos. El Grand Tour podía durar desde unos meses, hasta varios años. Todo dependía de los medios económicos y sociales de aquellos que lo realizaban. Era costumbre que los más pudientes se acompañasen de un mentor, por lo general un clérigo de mayor edad y amigo de la familia, que los guiase en su aventura, vigilase sus posibles excesos y velase por su seguridad. Al final del viaje, el joven obtenía un voto de confianza y se quedaba solo durante un tiempo en alguna ciudad grande como Roma o París.

Abrirse al mundo

Aunque los viajes ya no son lo que eran en la época del Grand Tour, su esencia de apertura a otras costumbres y a otros modos de vida sigue generando la misma emoción que antaño. Porque no supone lo mismo verlo por las redes sociales o que te lo cuenten tus amigos, que vivirlo en primera persona. Ese es el motivo por el que, unos cuantos siglos de avances en telecomunicaciones después, seguimos queriendo (y amando) viajar; continuamos yendo de aquí para allá con la mente abierta de par en par para dejar salir a los prejuicios y permitir que entre la la sabiduría. 

En realidad, salvo varios siglos de diferencia, no nos separa mucho de aquellos distinguidos viajeros que convirtieron el Grand Tour en una emocionante aventura de esparcimiento y educación motivada por el arte que, al final, terminó generando todavía más arte. Porque en un mismo itinerario hay muchos viajes por hacer; y la placentera consecución de éstos ayuda a que las ideas también encuentren un lugar donde quedarse tras pasar por muchos otros.

Érase una vez un gran viaje

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Pero ¿cómo empezó todo? ¿A quién se le ocurrió la genial idea de hacer por primera vez el Grand Tour? Para responder a estas preguntas, debemos remontarnos primero a la mitología nórdica. Cuenta la leyenda que Odín, uno de sus únicos dioses viajeros, se vio obligado a sacrificar uno de sus ojos en el Árbol de la Sabiduría. La interpretación terrenal que se le da a este relato es que todo conocimiento genuino, auténtico de verdad, implica un sacrificio importante y que éste tiene que ver con salir de la seguridad de lo conocido para lanzarse a al incertidumbre de viajar. Así lo interpreta Maximiliano E. Korstanje.

La Inglaterra sajona rescató el mito para convertirlo en la razón de ser del Grand Tour. Además, con el auge del Renacimiento (durante los siglos XV y XVI), los artistas e intelectuales humanistas se trasladaban a Italia para empaparse de la Cultura Clásica. Todo esto prepararía el terreno para el gran viaje que, en el año 1730, ya formaba parte de la formación de los jóvenes ingleses. Pero no solo de ellos. Pues, cuando la costumbre se empezó a extender, también Rusia, Francia, España e incluso la propia Italia quedaron prendados de la idea del Grand Tour y la adaptaron a su propio afán de conocer mundo; realizando también rutas iniciáticas por los otros países. 

Ayer, hoy y siempre

En realidad, el Grand Tour nunca ha dejado de existir. En el siglo XX y con el avance de los medios de transporte y las comunicaciones entre las distintas partes del mundo, para muchos viajar se convirtió en un modo de vida. Numerosos jóvenes (y adultos) consagraron su vida a esta enriquecedora actividad. Grandes dosis de glamour los acompañaron. Incluso existen firmas de lujo cuyo origen no podría entenderse sin el arte de ir de un lugar a otro, como es el caso de Louis Vuitton con sus baúles personalizados, sus maletas de todo tipo y sus utensilios nómadas para facilitarles la vida a los viajeros.

Y es que el viaje puede entenderse como un medio (trayecto) para alcanzar un fin (destino); pero también como una actividad que posee un valor en sí misma. Como un objeto digno de mimo, esfuerzo y atención. Una vez más, aquí viene a colación el viajero sentimental del que hablaba Laurence Sterne en su libro. Ése que viajaba por placer y que disfrutaba de todos y cada uno de los instantes de su tour sabiendo que, en el fondo, lo de menos era llegar al término del recorrido.

En la actualidad las personas también viajan por gusto. Sin embargo, algunas profesiones en las que este acto se erige como imprescindible para su desarrollo hacen que quienes las ejercen no expriman al máximo todas sus bondades. Las top models, por ejemplo, viven tanto tiempo fuera de su residencia habitual y pasan por tantos países y ciudades en tan poco tiempo que casi nunca tienen la oportunidad de conocer a fondo los sitios por los que pasan. Así lo aseguran la mayoría de ellas en las entrevistas. ¿Conclusión? Que, como bien afirmaba Sterne en Viaje sentimental por Francia e Italia en el siglo XVIII, siempre existirán distintos tipos de viajeros y algunos de ellos jamás lo serán por puro sentimiento. 

Fotos: Inglés en la Campagna, una obra de Carl Spitzweg (1835-1836) y Francis Basset, I barón de Dustanville de Pompeo Batoni (1778)