Las joyas de Elizabeth Taylor

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El coleccionismo es un arte que lo abarca todo. Pues su práctica no trata tan solo de reunir objetos, sentimientos y experiencias, sino que el buen coleccionista va un paso más allá para darle un sentido a aquello que recopila. Elizabeth Taylor lo hizo con sus joyas. Y con sus amantes. Legendarios ambos; por mucha bisutería e idilios que pasen con el tiempo detenido, en el recuerdo, mientras tanto.

Los primeros le regalaban las segundas. Ella, para agradecerles el gesto, las llevaba como nadie. En el año 2011, justo después de su muerte, la casa Christie's de Nueva York subastó la colección de joyas de Liz Taylor después de una exposición dedicada a su figura que incluía joyas, vestidos y miscelánea. La Perla Peregrina, una de las piezas más valiosas del mundo, fue vendida por 11,8 millones de dólares. Parte de los beneficios fueron donados a la fundación para la lucha contra el sida que la actriz creó en 1991.

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Su historia es tan fascinante como la de la propia Elizabeth. Esta perla de tamaño y belleza inusual fue hallada en Panamá en 1579, desde donde pasó a formar parte de las joyas de la corona de Felipe II de España y permaneció durante ocho generaciones. En 1808, fue robada por José Bonaparte. Después pasó por las manos del Marqués de Abercorn, cuya esposa la lució por primera vez en un baile celebrado en París.

Un siglo más tarde, fue subastada por esta misma familia de nobles, viajando hasta Estados Unidos. Allí, al fin, el actor Richard Burton la adquirió por 37.000 dólares para obsequiar con ella a su mujer, Elizabeth Taylor, quien la hizo engarzar en un collar de perlas, rubíes y diamantes. Cuenta la leyenda (y también la propia Liz en sus memorias Mi historia de amor con las joyas) que, en una ocasión, la joya se le cayó sobre una alfombra de hotel tan mullida que, antes de que Elizabeth la encontrase, su caniche se le adelantó y la mordisqueó. Menos mal que la diva la salvó a tiempo.

Éste y un sinfín de relatos más envuelven al refulgente mito de las joyas de Elizabeth Taylor con su magia. 

Él

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Todos los días, la actriz llevaba el mismo anillo con un diamante de treinta y tres quilates, regalo del hombre de su vida, Richard Burton. Ese amor y esa gema, el diamante Krupp de Cartier, fueron sus favoritos; siempre. Por eso, nunca existió para ella fortuna, fama o modo de felicidad que pudiera igualarlos. Tal vez formen parte de su halo. Tal vez, el icono Elizabeth Rosemond Taylor no pueda entenderse restándole esa (fabulosa) joya y ese (enorme) sentimiento que lo construyeron.

Pues cada cual forja su existencia de una forma diferente. Ella lo hizo a base de narraciones increíbles en forma de romances y piedras preciosas, dejando un legado de películas de culto donde sus dos mitades interactuaban con la cámara tanto como sus diálogos con Paul Newman o James Dean, aquella mirada verde hoja que cae al agua o la presencia absoluta de una sensualidad infinita emanando de su cuerpo. 

 Fotos: Gtres