El viaje inaugural del Norwegian Bliss

Una vez leí que, si te olvidas de que estás en un barco, entonces estás en un barco. En uno bueno. De los de verdad. Algo así como cuando te tomas otra copa de champán y, de repente, hoy ya es mañana y no sabes bien cómo has llegado hasta allí. Aunque muy probablemente navegando.

A mí en el Norwegian Bliss me pasó eso. Y me desperté en un camarote con vistas al mar.

Para esas alturas del viaje, en algún lugar entre Birmingham, Alemania, y Southampon, Inglaterra, la tierra bajo mis pies había dejado de existir. Alrededor ya solo quedaba agua salada. Cielo. Barco.

Fue una gran suerte que me invitasen a formar parte de la travesía inaugural. No todos los días se tiene la oportunidad de perderse por el Mar del Norte a bordo de una sensación de estreno. El privilegio de lo nuevo hace que las cosas reluzcan. Nos permite empezar. Durante la primera cena, esa en la que no paramos de brindar, uno de mis compañeros de mesa mencionó que la filosofía de Norwegian Cruise Lines se basa en la libertad. "Siéntete libre", reza su lema. Pues amén. Creo que después viene la vida. Al menos, la que merece ser vivida.

Así, entre charlas y flautas, iban pasando las horas en altamar. Cada cierto tiempo, buscaba una ventana o una barandilla para asomarme a. En menos de lo que canta... ¿una sirenita? había sustituido limbo espacial por alevosía: estaba en un barco y además me molaba (mogollón) recordarme que estaba en un barco. Hasta que me volvía a liar.

Capacidad para más de cuatro mil personas. Dos decenas de cubiertas. Veintisiete restaurantes y bares (incluido un Starbucks; el primero a bordo). Parque acuático. Casino. Circuito de karts. Bolera, teatro, laberinto láser. Un spa infinito. Tropecientas tiendas. Club social. Disco. Músicas, varias, en directo. Jacuzzis y piscinas; ni idea de cuántos. Ad-miradores de proa a popa (en realidad, este crucero ha sido concebido para surcar lugares del planeta que hay que contemplar con respeto y arrobo, como los glaciares de Alaska o las inmediaciones de Cuba, por eso hay muchas cristaleras). The Haven (o la zona VIP del barco: con suites de varias categorías, biblioteca y salón de lectura, barras, zona de spa y bistró panorámico). 

Podría seguir y seguir enumerando todo lo que no le falta al Norwegian Bliss. Escribir durante horas acerca de sus características técnicas, de su equipamiento, de su arquitectura. Contaros lo rica que estaba la langosta o lo cómoda que era la cama. Sin embargo, no creo que haga falta dar tantos detalles. No creo que haga falta desvelaros lo que ahora, ya en suelo firme, tanto os recomiendo que corráis a descubrir por vosotros mismos.

Texto y fotos: Mila García