10 iconos absolutamente indestructibles (y, sí, Audrey es la primera)

Se puede caer en el tópico de muchas maneras distintas. No siempre hace falta escribir marco incomparable o experiencia única para ello. En ocasiones, basta con ponerse una determinada prenda de vestir, colgar de la pared ciertos cuadros o paladear el café de las mañanas vertido en una una taza en concreto. Y es que a veces llegar a un lugar común, en el sentido más visual de la expresión, se traduce en la práctica en llenar estos objetos, a priori anónimos, de mitos con nombre y apellidos; todo ello sin necesidad de moverse del sitio o de acabar siempre en el mismo punto del lenguaje.

¿Algunos buenos (o malos, según se mire) ejemplos que lo ilustran? Para empezar, esos cientos de miles de millones de cabeceros de cama adornados con fotogramas de las películas de Audrey Hepburn. O aquella otra infinidad de bolsos, carteras y monederos que llevan impreso el rostro de Marilyn Monroe o el de Brigitte Bardot. Aquí, y aunque no hasta el punto de ubicarnos a nosotros mismos en uno de esos sitios sobreexplotados por la lengua castellana de los que hablábamos en el párrafo anterior, aquí sí que hace falta tirar de refranero y reconocer la gran verdad que habita en el dicho aquel de que lo poco agrada y lo mucho cansa

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Porque idolatrar a estos iconos de la cultura audiovisual del siglo XX está muy bien. Nosotros lo hacemos. Pero sobreexplotar su imagen hasta el punto de estamparla por todas partes, incluso hasta el punto de desvirtuarla ante la mirada del mundo por saturación, quizás no tanto. La iconoclastia es una corriente artístico-religiosa, presente en todos los credos, que defiende la destrucción de las imágenes sagradas pues, a su entender, la divinidad ocupa un espacio demasiado elevado como para ser representada. En esta misma línea, ¿y si en lugar de seguir manoseando con los ojos la leyenda de algunos personajes le aplicásemos la filosofía iconoclasta a su merchandising y nos moderásemos un poquito?

Hoy estoy muy pop

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Como cantaba Zipper Cremallera, una de las bandas indies que más sonaban en nuestro país en los primeros años dosmil, "siempre hay algo puesto en moda que suena a deshora y te puede hacer plín". Una estrofa que enlaza a la perfección con la música de la neo cultura pop en la que estamos inmersos y, por supuesto, con las canciones de sus mitos, que suenan a afán desmedido por representar a ciertas personalidades en superficies de todo tipo. ¿El resultado? Que, de tanto verlos, incluso ellos pueden llegar a hacernos plín o a darnos igual.

Algo así es lo que debe de haber pensado Brigitte Bardot, quien ha demandado a un artista de Saint-Tropez, la localidad de la Costa Azul en la que reside desde 1958, por lucrarse durante años de su imagen. El pintor, conocido como Sasha de Saint-Tropez, abrió en 2002 una galería para vender a los turistas lienzos inspirados en ella. Una actividad que la actriz había tolerado hasta ahora pero que, tras la apertura de un segundo establecimiento en el mes de abril de este año 2015, donde el demandado comercializa souvenirs como vajillas, velas, alpargatas o relojes con sus fotografías o iniciales, ha terminado por agotar la paciencia de BB, quien ahora le acusa de explotación abusiva.

Por si esto fuera poco, a la polémica hay que sumarle el hecho de que Brigitte Bardot firmó en 2011 un contrato con la empresa Ternay, cediéndole en exclusiva la utilización comercial de su nombre y de su imagen; algo que podría abrir otro frente en esta batalla judicial que aún a día de hoy está por resolver.

Ser leyenda

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No existen argumentos ni verdades absolutas que expliquen cómo una celebridad se convierte en icono. Simplemente, pasa. Como el amor o las tormentas de verano. Grace Kelly y el Ché Guevara no tienen mucho en común y, sin embargo, ambos se sitúan ya en esa exclusiva y minoritaria categoría de personajes icónicos. A lo mejor, si se hubiesen conocido una tarde de rayos y centellas, se hubiese producido un idilio entre ellos comparable al que une su imagen con la sociedad.

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Pensando en sus historias y en muchas otras, todas diferentes pero igual de apasionantes, se vislumbra un punto de convergencia que, de algún modo, las une en el imaginario colectivo y que tiene que ver con haber llevado una vida atípica. Especial de algún modo. Deslumbrante, apreciada desde fuera. Elvis Presley, James Dean, Steve McQueen o Jackie Kennedy (tanto antes como después de Onassis) lo hicieron. Hoy también se cuentan entre los iconos a los que, al más puro estilo anti iconoclasta, idolatramos.

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Fotos: Gtres