La chica del pastel

no a la guerra.

Sí al amor.

Creo que el mayor defecto de la raza humana después del mono es su capacidad para racionalizar la violencia hasta el punto de verla como algo natural. Equiparándola, incluso, a la supervivencia. A mi entender (que entiende poco pero que cuando lo hace lo dice) hay un proceso mental mal evolucionado que está en el origen de todas las guerras. Ni religiones, ni territorios, ni ideales: lo que provoca que nos matemos entre nosotros se encuentra en las conexiones neuronales. En el cerebro. Sin ese error evolutivo del intelecto, acabo de ponerle nombre, convivirían en paz los distintos modos de pensamiento porque el pensar de una u otra forma no significaría sentirse con derecho a usar las armas contra los que lo ven diferente. Bonito diferente.

Y lo afirmo aquí; desde mi ventana, semivestida de blanco, sin saber yo nada de ciencia aunque bastante de historia. Con la mirada puesta en los tejados y la vida quieta en claroscuro.

Ahora, mi teoría. Que se muere por que os lo cuente.

Los animales se devoran entre ellos por instinto, luego cero poder de decisión. Y menos responsabilidad. Es decir, que cuando un león se come a una cebra, el león no pretende conseguir algo de la cebra más allá de su propia supervivencia. El león no quiere hacerle daño a la cebra. El león no busca demostrar su supremacía sobre la cebra. Y el león no odia, en absoluto, a la cebra. Tan solo se la come.

Sin embargo, con las personas no funciona así. Estallamos trenes o bombardeamos ciudades por meros motivos racionales, no por naturaleza. Lo que nos mueve poco tiene que ver con el hambre. En un mundo caníbal, a lo mejor entendería que un chico con el cuerpo cubierto de explosivos se inmolase en el metro en hora punta y también que el máximo mandatario de un país diese la orden de lanzar sus proyectiles sobre zonas civiles. En este, no puedo. ¿Conclusión? Que nos alimentamos de crueldad.

¿Algún ciéntifico se atreve a discutírmelo?

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Fotos: Lucía Alonso (@pelillosderaton)