La chica del pastel

jaque.

Prefiero las luces a las sombras. Los espejos a los muros. Las cortinas a las puertas. Supongo que, cuando se trata de alguien como yo, la seguridad no se busca. Solo se tiene. Por eso ni me escondo ni me tapo ni me encierro. Hacerlo les daría la razón a los malos y les serviría de justificación a los buenos para, una vez más, venir corriendo a salvarme. Como si alguien se lo hubiese pedido. Como si alguien lo necesitase.

Durante toda mi vida he tenido que soportar el instinto de protección ajeno. ¿Soportar?, estaréis pensando. Sí: so por tar. No agradecer. Mucha carga y ningún favor, vaya. Sobre todo porque, para mí, el verdadero peligro está en no plantarle cara. En resguardarse. O, peor aún, en dejar que otros se enfrenten a él por ti; a menudo demasiado pronto.

"Nunca he sido muy buena para el ajedrez, odio las situaciones en que hay que atacar y defenderse al mismo tiempo. Por ejemplo: podrías dar el mate con la reina, pero ni modo de moverla porque entonces su torre se tragaría a tu rey." Lo dice la protagonista de Diablo Guardián, mi libro favorito. La secundo. Y para demostrároslo me quedo aquí parada, quietecita, en mi correspondiente casilla de juego. Sin avanzar, sin retroceder. Sin pre-ocuparme demasiado. Esperando tranquila y confiada igual que esperaría una dama blanca. 

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Fotos: Lucía Alonso (@pelillosderaton)